miércoles 28 de febrero de 2007

La Givrine

Arribo completamente dormido, me cargo la mochila grande, y abrazo la pequeña.
Como no es de la Comunidad, se ingresa mostrando el pasaporte sí o sí. Tapa francesa, tapa suiza, no hay problema. Al mío el policía -más chico que yo, seguro- lo agarra, lo abre, lo revisa.

- [Ueni] [eis], [ah]!
- I'm sorry, I don't understand you... I'm leaving tomorrow.
- [Ueni] [eis]... Vacanza?
- I'm sorry. Do you speak Spanish?

Hace 'no' con el índice, y se va con mi pasaporte. Como diez minutos, que parecen más.
Mientras tanto, los dos que estimo algo así como suboficiales -son bastante viejos, y subordinados al otro- se divierten con mi equipaje.
Escanean las mochilas, cerradas, y parecen comentar maravillosas conclusiones en francés. De la pequeña me hacen sacar un par de cosas para pasarlas solas por el escáner: los chicles -claro, podrían ser vaya uno a saber qué cosa, ¿cierto?- y... una revista. Y pasan éso, solo, por el escáner otra vez.
¡Una revista! Cualquier cosa con tal de que pase un poco el tiempo.
Vuelve el otro con mi pasaporte.

- It's ok.
- Do you wanna see my flight ticket for tomorrow? -obviamente lo estoy delirando, ya sé que el trámite se terminó por completo.
- It's ok, it's ok.

¡Y hace reverencia con la cabeza!
Glorioso.
Voy a dormir, no sin antes aguantar como veinte minutos a que confirmaran que había reservado, pagado, y todo. Parece que fue hecho demasiado sobre la hora.
Me levanto temprano, desayuno como un animal, y voy a Gare Cornavie, la estación céntrica de trenes en Genève.
Hay una oficina muy pequeña de informaciones en el primer piso, pero no abre hasta dentro de una media hora, por lo que salgo a caminar por los alrededores.
Abre, y quien atiende me deriva a otra oficina, que yo entendía de informaciones ferroviaras.
Ésta es mucho más grande, y atiende un sujeto muy amable, con un inglés bastante mejor al mío, con un leve acento francés.

- ...
- I wanna go to some snowy place. I have been three weeks in Europe, and I want to see some snow before leaving. I'm leaving today.
- ...
- You could go to La Givrine. It is a just one hour train.
- Great. That's perfect.
- What are you planning to do? Because there is only one building in there.
- Just walking.
- ...
- There is only one restaurant, and the weather could be terrible, probably raining -pone cara de 'no me gustaría ser el responsable'.- You could go to Saint Cergue, if the weather is good, you can go to La Givrine. You can walk from there.
- Is there snow there?
- Absolutely.
- ...

Compro el pasaje a La Givrine. Saint Cergue puede esperar. Si hay tormenta, hay tormenta.
En una hora estoy en la nieve. El tren a Nyon demora quince minutos, sigue una combinación de precisión suiza con... ¡un tranvía! Un tranvía que llega a un centro de esquí, y tiene un par de paradas más.
Un poco antes de llegar a Saint Cergue se empiezan a ver manchas de nieve, lo que me deja muy tranquilo.
Junto conmigo se bajan una seis señoras, y van al restaurant. Yo también, a estudiar un ratito junto a un café.
Salgo a caminar por la nieve toda la mañana. Básicamente no hay nadie, excepto las mismas personas que se bajaron del tranvía hace un rato, que caminan hasta desaparecer de mi vista por una pista. Yo también paseo prinicipalmente por las pistas, porque por fuera de ellas me entierro hasta las rodillas, así que eso lo hago sólo eventualmente.
Saco algunas fotos, camino cuanto quiero, y vuelvo a almorzar. Justo cuando comienza a lloviznar.

Su inglés es nulo, y mi francés también, lo que hace que, por primera vez, se me rían en la cara. Gente del campo hay en todos lados.
Me tomo un tiempo largo para revisar la carta con el diccionario, y cuando ya tengo todo prácticamente decidido, aparece otra persona como al rescate. Lástima, hacer el pedido se demora aún más.
Luego de almorzar salgo a caminar del otro lado de las vías y la ruta.
No parece haber pistas de este lado. Hay un par de sectores para recreación familiar, y el resto de los que pasan por aquí probablemente hagan esquí de fondo o algo así.
Luego de un rato ya no llueve. Nieva.
Vuelvo a la parada, que tiene una pequeña construcción como para no esperar a la intemperie, y aguardo el siguiente servicio, que obviamente llega a horario.
Todo el viaje de vuelta lo paso intentando sacar fotos a través de las ventanillas mojadas.
Es más lindo que el sur argentino, y eso no sucede en cualquier lado. Estimo que el poder adquisitivo ayuda, obviamente con lo que sean construcciones humanas.
Las casitas son muy prolijas, y cuando el tranvía pasa por alguna campiña se nota que no son precisamente pequeñas. Paisajes de |Milka|, básicamente.
Llegando a Nyon hay una vista excelente del lago, con sitios más bien llanos de este lado, y cadenas montañosas de aquel otro.

Desde Genève llamo a mi casa, y paseo por la zona comercial tratando de conseguir la famosa hojita. La consigo casi una hora después.
Tomo el tren al aeropuerto, y tengo un par de horas por delante hasta el despegue. Compro algunas cosas y subo al preembarque.
Hay un par de escritorios ocupados, y parece que también WiFi. Lamentablemente, una vez más estoy sin batería.
El avión sale con veinte minutos de retraso, y no entiendo qué es lo que le causa gracia a la azafata cuando voy al escritorio a averiguar al respecto.
Ya en Paris, como estoy con el tiempo justo, cuando llego al escáner saco todo, rápido. Acomodo en una canasta la compu, en otra vacío los bolsillos y pongo la campera, y paso la mochila. A los policías otra vez no les gusta algo. Supongo que les demostré demasiada seguridad, y además parezco un ninja, porque estoy con la polera negra del |Pro Tour| y con el pantalón para nieve, también negro. Parece que nada les viene bien. O quizás simplemente me equivoqué yo esta vez. No lleva más de tres minutos todo el trámite.
De todas maneras supongo que me mandaron a ese escáner en particular, de policías todos iguales, a propósito.

- ...
- Geneva, ah!

- Yes. And going to Buenos Aires -¿y por qué no?, me pregunto.
- Have a nice flight.
- ...

No será gracias a vos, eso es seguro.
El vuelo de vuelta es buenísimo comparado al de ida, viajo mucho más cómodo. No sé por qué, quizás haya más lugar entre las filas de asientos, aunque lo dudo.
Estoy en una ventanilla, a mi lado una anciana de unos ochenta años intenta sin éxito conversar en francés. Más de una vez. Se ocupa de ella la persona del lado del pasillo.
Nuevamente duermo como puedo hasta el amanecer, rojo como si fuera en realidad una puesta. Parece que el avión lo va a alcanzar, pero es inútil. Él es más rápido.
Llego a Ezeiza, en el que somos todos iguales. A pasar por un escáner el equipaje y por migraciones con el pasaporte. Todos.
Voy a la parada del 86 y busco la bolsita con monedas argentinas. No están. Pasearon por media Europa y cuando las busco ahora, no están. Vaya coincidencia.
Vuelvo a la terminal a conseguir cambio, y mientras espero el colectivo se larga una tormenta, quizás la peor del año. Cae un rayo, que inhabilita el radar principal, el cual no será reparado ni reemplazado durante meses.
Extrañaba Buenos Aires.

martes 27 de febrero de 2007

Lyon

Es el día que más temprano me levanto, y me voy directamente a la estación de metro más cercana. Probablemente tome el primer o segundo servicio. Hay varias combinaciones posibles, y creo elegir la más rápida.
Llego como corresponde, con algo más de una hora por delante, a caminar lo que parecen tres kilómetros dentro del aeropuerto de Barajas.
El vuelo es como cualquier otro, salvando los detalles que hacen a su condición de 'económico'. ¿A quién se le ocurre vender el café? ¿U ofrecer raspaditas?
Llegamos a Lyon también sin complicaciones, y esperando el equipaje veo que usar un carrito cuesta un euro. Mejor agarro dos. No, mejor ninguno.
Tengo que ir a una de las dos estaciones de tren de la ciudad, en un bus que sale de acá y tiene unas cinco paradas antes de terminar aquí nuevamente.
El último mensaje tiene las indicaciones precisas. Qué tranvía tomar, en qué sentido, y en qué parada bajar. Perfecto.
A un costado de la entrada a la estación veo un montón de bicicletas estacionadas, todas iguales, por lo que deben ser de alquiler. Y al frente hay otro tanto más. En el medio de la fila hay una máquina que parece expendedora de algo. Bueno, digamos que expende, de alguna manera, las bicis.
Me quedo mirando el monitor, en el que parecen haber datos como cuándo fue el último service, cuántos kilómetros tiene andados, y cosas así para cada una.
Aparece un sujeto de unos treinta años, más desprolijo que yo, y con los dientes negros y partidos.
Algo me dice en francés.

- ...
- Je ne parle français -lo cual debe estar sintáctica, semántica, y morfológicamente pésimo, pero es lo que hay.
- Ah! Don't speak French! Why?
- Well... I speak English and Spanish, so... it's ok for me.

Media vuelta y se va, sin siquiera saludar. ¿Adónde quedaron los modales europeos? Probablemente se fueron con su ridículo orgullo francés.
¿Y para completarla me preguntó "Why?"? ¿Cómo que "Why?"? Porque apesta, porque es inentendible, porque no lo necesito, porque es el más arcaico que conozco, porque nací en Sudamérica, porque acabo de pisar Francia por primera vez, porque me place, porque se me canta, porque... ¡porque no!
Voy al accueil, estimo que allí me darán algo de información turísitica. En realidad sólo necesito saber adónde están los lockers, pero un plano no está de más, nunca.
Saludo, y le pregunto a mi interlocutora si habla inglés.
No, sólo francés. Trabajando en el accueil de una estación que hasta tiene TGV.
Pregunto entonces por una oficina de informaciones turísticas. Sí, hay en la estación de trenes. En la otra estación de trenes, del otro lado de la ciudad. Es un buen momento para pedir un plano y retirarme.
Sigo caminando hacia el final del hall principal, y en un pasillo al costado veo el cartel |S.O.S. Voyageur|. Dentro hay una señora de unos sesenta años.

- Bonjour madame. Excusez moi... Do you speak English?
- ...

No, sólo francés. Trabajando en |S.O.S. Voyageur| de una estación que hasta tiene TGV.
Menos mal que no me estoy muriendo.
Al fin me hago entender como puedo, y la consigne está cerca, al final del mismo pasillo.
Si me hubiese dicho, cualquiera de las dos, algo como: "No, pero hablo sueco y muy poquito japonés" simplemente me diría que tuve mala suerte, no tienen por qué saber inglés o castellano, pero... "Sólo francés"... no da. No en el accueil y, o, en |S.O.S. Voyageur| de esta estación, que hasta tiene TGV.
Salgo del edificio y un cartelito parece indicar que más allá venden los boletos para el tranvía. Estimo que es algo como un kiosco. Camino toda la cuadra ida y vuelta, y nada.
Al fin decido cruzar la calle hasta la parada, y ver si alguien puede hablar civilizadamente como para que me explique adónde comprar. Hay una máquina, y las monedas de euro van bien.
Dentro del tranvía me gano un "pardon" que no sé si merezco.
Llego a lo que es una especie de campus universitario, y espero unos minutos.
Aparecen sonrientes, saludo en italiano, y comento de los inconvenientes con los franceses y el idioma.

- ...
- ¿Cómo estás?
- Con hambre y con sueño. Salvo éso, excelente.
- ...
- ¡Usar un carrito en el aeropuerto cuesta un euro!
- Después te lo devuelve, es para que la gente lo acomode.
- ...
- ¿Vamos a comer, rico y barato? ¡Vamos en las bicletas!

Dudo que pueda decir que no.
Es más o menos así. Con una tarjeta de crédito se compra una tarjeta magnética válida por una semana, que cuesta un euro. El cargo desde que se retira la bici hasta que es devuelta -probablemente en otra estación- va directamente a la tarjeta de crédito, sólo si se la usa media hora o más.

- ...
- Tenés que elegir una clave -para la tarjeta magnética.
- Ponele cualquiera, da igual.
- ...
- Tenés una clave de rubia.
- ¿Ah, sí?
- Uno, dos, tres, cuatro.
- Buenísimo.

Salimos a lo salvaje y cruzamos un parque, que incluye un zoológico con una casa enorme -para la jirafa, obvio- y llegamos a una zona mucho más céntrica, en la que dejamos las bicis en un |vélo'v|.

- ¡Iupi! ¡Veinticinco minutos!

Vamos a almorzar cerca, en una zona de aspecto centenario, como San Telmo, aunque es más marrón que gris.
Un lugar pequeño, casi lleno, y terminamos en el subsuelo.
La entrada es básicamente una ensalada con pan, el primer plato un embutido casero altamente recomendable, con papas a la crema.
El postre excelente. Es un molde de un queso intermedio entre la ricota y el blanco, con un centímetro de crema sin batir alrededor, y a todo se le espolvorea azúcar. Violento, pero buenísimo.
Salimos y luego de un par de cuadras cruzamos la plaza que parece principal, y mas allá otra, frente a la catedral.
Caminamos unas pocas calles más, y damos con una ladera. Tenemos que subir unos doscientos metros, y no hay mucho más que otro edificio religioso vaya uno a saber de qué año, y una vista excelente de la ciudad.
Se destacan los ríos, que confluyen en la ciudad, algún edificio, los puentes, la ópera, y quién sabe a cuántos kilómetros, ya en zona no edificada, una línea blanca larguísima que debiera ser una autopista o vías de tren.
Volvemos por otro camino, que implica cruzar el río por un puente peatonal, colgante. Sobre el cual uno siente los propios pasos. Espero que no resuene.
Nos detenemos unos instantes a sacar fotos a las casitas de colores sobre la colina, al fondo del río.

Llegamos a la ópera, que desde lejos no es mucho más que un galpón gigante, con medio cilindro como techo.
El detalle es que, tanto el escenario como los espectadores, están ubicados sobre una plataforma suspendida, que cuelga vaya uno a saber de dónde, para evitar las molestias que pudieran producir el metro y cosas por el estilo. Nada mal.
Tomamos el metro, cuyo boleto tiene validez por un cierto tiempo, incluso si uno sale y vuelve a subir -una hasta lo regala a salida- y vamos a su departamento a ver cómo seguimos lo que queda del día. Apenas llego aprendo -un poco más, creo que sé bastante- modales.
Supongo que es un típico hogar europeo de veinteañeros.

- ...
- Pablo... ¿qué vas a hacer?
- ¿Con qué?
- ...

Claro, yo muy tranquilo, porque hace unas horas estaba a miles de kilómetros de Genève, y ahora a sólo un rato de tren. Aún cuando mañana a la tarde sale el avión que no debiera perder, porque nadando precisamente el Atlántico no lo voy a cruzar.
No me queda otra que decidir ahora, aunque en otra situación podría haberlo hecho bastante más tarde.

- Mejor me voy hoy.

Me compra el pasaje y la noche de hostel con tarjeta, le devuelvo el efectivo.
Una me acompaña a la estación, a buscar la mochila grande, mientras charlamos de lo que no pudo hacer en los meses en la Argentina, y cosas por el estilo. Vuelvo solo, sin plano. Son unas diez cuadras, nada imposible.
Llego y la que había quedado en el departamento quiere mandarme a dormir. Para mí, una locura. No debí haber agregado "con sueño" en su momento.
Me ofrece su compu, mientras va por provisiones. Como un rey.
A su vuelta le pego al francés -al idioma, claro.

- ...
- Es el idioma más arcaico que conozco. El primer mono que bajó del árbol: 'un' -para completarla mando el sonido equivocado, el de [en;an] en lugar de [un;in], mientras cierro la mano, excepto el índice.
- No es así.
- El segundo: 'cuatro-veinte'.
- ...

Cocina para todos, que a la hora de la cena somos: Un belga que se crió en Bolivia, una colombiana, ellas dos -francesas-, y yo. Así completaré dos días hablando en inglés en Madrid, y uno en Lyon hablando en castellano. No, no parece razonable en lo más mínimo.
Charlamos acerca de las comidas en general, lo que trae a colación alguna anécdota británica que tiene un queso como protagonista.
Y ya se termina mi estadía por acá.
Vamos los tres a la estación, en donde leo como dos palabras -un cartel- en francés, ganándome una felicitación.
Caigo en la cuenta de que me olvidé el celular, un |Nokia| de esos que no valen nada y se pueden maltratar a gusto. Una insiste en ir corriendo a buscarlo, y otra me acompaña hasta que tengo que subir. Justo llega mi teléfono.
El tren arranca, y tengo la sensación de haberme olvidado algo. Sí, de regalar como diez paquetes de |Topline| que recorrieron conmigo durante todos estos días.
Duermo algo, como para sumarlo a lo del hostel, porque mañana quiero estar en los Alpes.

domingo 25 de febrero de 2007

Madrid

Es muy temprano y por suerte dormí razonablemente, considerando que hay un sujeto que intentó que pasáramos el tiempo oyendo sus delirantes historias.
El tren aminora la velocidad pero no se detiene en Atocha, lo hará en la otra estación de la ciudad.
Es domingo, y aparentemente la oficina de turismo no abre.
Voy a los lockers, en los que atiende un rubiecito de seguridad privada que se la da de vivo -suena conocida la situación- y dejo la mochila.
Por primera vez compro, entre otras cosas, un plano de la ciudad, que luego estudio mientras desayuno una especie de donut gigante.
Afortunadamente la red de metro aquí también está bien desarrollada, y al igual que en Barcelona, no parece haber sitio al que no se pueda llegar con ella.
Llego a lo que pienso es más o menos el centro histórico, y no estoy muy equivocado. Una plaza enorme con una delicada fuente de un lado, y el combo Cervantes, Quijote y Sancho, del otro.
Veo unos cartelitos de madera, como los que se esperarían en cualquier pueblito turístico de montaña, no precisamente en una ciudad como Madrid. Indican algunas sugerencias turísticas, incluído el Palacio Real. Reviso el plano, y sí, no me había percatado de que es a pocas cuadras.
Es inmenso, pero muy monótono a lo largo de sus doscientos metros. Como si hubiese sido diseñado por un ingeniero, no por un arquitecto.
A la vuelta se entiende un poco más, porque es en donde en realidad está el frente que tiene, tras una reja, un patio de una hectárea. Hace unos minutos estaba en un lateral.
Decido no entrar al museo, y caminar hacia la Plaza Mayor.
Voy por una calle para mí cualunque, y veo un cantero de unos cinco metros de lado lo suficientemente vistoso como para sacarle alguna foto.
Las construcciones alrededor son bajas, estoy en una especie de plaza muy pequeña, incluso hay callejones en las esquinas posteriores.
Veo algunos carteles y resulta que de un lado tengo lo que era el ayuntamiento, y del otro "La construcción civil más antigua de Madrid". O sea que, casi de casualidad, dí con la casa más vieja del pueblo.
¿La foto al cantero? Bien, gracias.
Todavía es temprano, y a la Plaza Mayor recién están llegando los coleccionistas de monedas. En general sujetos de edad ya avanzada, que tienen a su cargo carpetas con protectores especiales para las porquerías que juntan y tratan de cambiar, o mejor aún, vender.
En la oficina de turismo sólo me dan un par de direcciones de internet que yo podría haber conseguido sin demasiada ayuda, probablemente. Y acceso, lo cual no sé si sea tan simple conseguir.
Deben ser unas diez máquinas, con teclados a prueba de brutos y los monitores más al alcance visual suyo que nuestro.
Me copio las direcciones de unos quince hostels, aprovechando que no debiera estar molestando, porque todavía quedan máquinas vacías.
Recuerdo que sería conveniente estar dentro de tres días en Genève, como para tomar el avión de vuelta. Y todavía tengo unos miles de kilómetros y un par de países en el medio.
Valiéndome de mis habilidades para hacer hacer búsquedas eficientes y eficaces encuentro un pasaje a Lyon. Es más que razonable, casi diría excelente. Demoraría unas quince veces menos, y costaría unas tres veces menos, que los tres trenes que, de lo contrario, debiera tomar.
Lyon está a un par de horas de tren de Genève, y tengo adónde quedarme de ser necesario.
Al menos tengo un objetivo exactamente definido. |EasyJet|, martes 9 AM, de Barajas a Lyon.
Luego de recorrer la plaza y un poco más de los alrededores, desayuno otra vez en un |Mc Donalds|, mientras resuelvo el TP: 'Encuentre un recorrido para poder elegir un hostel, justifique'.
Considero tantas variables como me da la gana, y termino la lista.
Camino manteniendo siempre en mente el que hasta el momento es el elegido, y toco un portero eléctrico más.

- Hola.
- Hola, ¿tenés lugar para hoy?
- Sí, subí.

Al castellano te lo encargo, vos fijate. Quizás tengas suerte y lo encuentres en Madrid.
Me registro y salgo sólo con la compu. Recorro todo el centro antiguo, y doy alguna vuelta en metro, con destino final Chamartín, para traer la mochila grande.
Ya de vuelta paseo por la zona antigua de la ciudad, cerca del hostel, compro algún regalo, y voy al lavadero.
Atiende una argentina de unos cincuenta años. Le pregunto cuánto cuesta, qué jabón tengo que usar, y esas cosas.

- ...
- Te lo digo en argentino: 50 centavos.
- ...

Claro, si me decía 'céntimos' no hubiese entendido...
Por primera vez estoy en un hostel inmenso, con gente de todos lados, con varios paso el final de la tarde charlando.
Una australiana -Cherry- que parece japonesa y ya pasó por 38 lugares como éste en seis meses, y todavía le quedan dos meses más.
Un irlandés -Ross- y un yanqui -Steve- que vinieron desde Francia, porque estudian francés y allí estuvieron dando clases de inglés, lo cual para un estudiante de idioma en el primer mundo es normal. Se comenta que Ross en realidad enseña Irish, pero él lo niega.
Dos hermanas cordobesas que hablan algo que parece inglés. En realidad no parece inglés, pero se las interpreta interpreta valiéndose de él.
Un uruguayo bien al cohete.
Un inglés.
Un alemán.
Una señorita enorme de Guyana. Claro que no, no sé cómo es el gentilicio en español.
Otra yanqui con acné y de un metro cincuenta.
El resto lo estimo por cómo suenan -impagable escuchar a la diva del lugar hablando en inglés con perfecto acento italiano- o de alguna otra manera me entero que hay que contar, entre otra veintena, a tres alemanes insociables, una sueca con abdomen yanqui...
En algún momento la charla deriva en el pedido obligado de música, y la responsabilidad recae en Ross.

- We are the Irish, the people ... ! -empieza a sonar algo que parece provenir de una taberna llena de borrachos, gritando al unísono.

Otro tópico obligado es ¿Barcelona o Madrid? Soy el único que opta por Madrid. Barcelona es más prolija, más amplia, más moderna, tiene una arquitectura superior, se transita con más espacio, y quien sabe cuántas ventajas más. Pero caminando por Madrid yo me siento mucho mejor, y para mí es lo que cuenta. Podría ensayar explicaciones pero no vienen al caso.
De paso me entero que, para ese recorrido, es conveniente el ómnibus en lugar del tren.
Después de cenar cada uno por su cuenta, decidimos seguir la rutina de los miércoles y domingos, que comienza en el Oso de la Plaza del Sol.
Bajando las escaleras le pregunto al yanqui cómo le dicen en inglés al gorro, indicándole el del Tour. Empieza con que el nombre es tal, pero en Inglaterra se dice de otra forma, en yanquilandia de una manera distinta, explica algo de etimología...

- Anyway, they say "my cap" -señalando a los isleños.

Es un recorrido por unos cinco pubs. Se presenta el rioplatense a cargo, y nos lleva a una vereda, como cualquier otra, con un par de baldosas con dibujos geométricos. Y allí se para.

- ...
- This. This is the center of Madrid, which happens to be... The center of Spain!
- ...

Al menos intenta ponerle onda, y obvio que me paro en el centro de Madrid. ¡En el centro de España!
En camino, al inglés:

- Are you from London?
- What? No! God saves me! Please, no! I'm from [somewhere]. It's at the north.
- ...

Los sitios a los que vamos no son nada de otro mundo, nos reciben con un trago muy pequeño, que en general es tequila, y que al estar servidos en vasos normales, en lugar de ser divertidos como los chupitos de Barcelona, pasan a ser miserables.
En uno nos pasamos todo el tiempo en el subsuelo, alrededor de una mesa redonda. Todo muy tranqui, hasta que casi se nos viene encima el cielorraso.
Yendo de uno a otro el yanqui y el alemán se compran latas de cerveza en la calle. Mala elección, porque el siguiente pub es muy cercano.
Se detienen antes de la entrada, buscando un solución que no implique tirar la cerveza, porque es evidente que con ellas no podrán entrar.
Entro, y luego de colgar el abrigo, veo que a Steve lo paran en la puerta y lo palpan. Parece que no le encuentran nada raro y pasa. Cuando se acerca, saca las manos de los bolsillos. En una tiene la cerveza.
Salgo al rato, como para esperar afuera que se decidan a ir al siguiente, y al minuto aparece el alemán, con una lata en la mano.
Le pregunto si él también la había escondido para entrar y me contesta que no. Simplemente la dejó aquí afuera, en el suelo, y ahora que salió, la recuperó.
Como ya no está al ciento por ciento, se pone a charlar de la mascota de la hermana y cosas así, de ese estilo. El resumen de la charla da como resultado que es más nerd que yo.
Falta un lugar más y me comentan que es de salsa. Mejor me voy.
Me levanto temprano y voy a las agencias de viajes, a la vuelta.
En la primera me piden, por el pasaje a Lyon, unas seis veces más que el precio en internet.
En la segunda espero como veinte minutos para que me atiendan, lo cual no tiene sentido, porque en ese tiempo podría atravesar la ciudad, si quisiera.
Focus.
Estudiando un poco deduje que la primera estación de la línea de metro que termina en Barajas está preparada como para hacer check in, subir a una formación, e ir al preembarque sin más. Debiera haber locales de algunas líneas aéreas también.
Llego y está desierto, además la mayoría de las ventanillas y de los locales están cerrados.
En el medio del hall parece que está el escritorio de informaciones.

- ¿Hola, hay alguna oficina, como para comprar un pasaje, de |EasyJet|?
- Aquí no, tienes que ir directamente al aeropuerto.
- ¿Seguro que puedo comprar un pasaje ahí en efectivo? No puedo comprarlo con tarjeta de crédito.
- Sí, sí. La abrieron hace una semana. En la terminal 3.
- ...

La terminal 3 está a algo así como tres kilómetros desde la salida del metro. Al fin llego y mientras hago la fila, le pregunto a una señorita que se nos acerca como para agilizar.

- ...
- ¿Acá le dicen 'facturación' al 'check in'?
- Sí... acá le dicen así... -contesta con acento rioplatense.
- ...

Menos mal, el cartelito a mano |Aquí no hacemos facturaciones| no me fue muy agradable que digamos.
Llamo a Francia, para avisar que al día siguiente estoy por ahí, y fin de, probablemente, lo más peligroso en tres semanas.
Todavía no es mediodía, así que tomo el metro hacia el principio de la avenida que cruza la ciudad, que en la última parte es el Paseo de la Castellana.
Comienzo por las torres Kio. No. No quiero estar ahí arriba cuando las placas tectónicas consideren que no están cómodas.
Después de almorzar, inicio la caminata que estimo me llevará casi toda la tarde.
Lo único que reconozco inmediatamente es el Santiago Bernabéu, entre una decena de edificios destacados y algunas fuentes.
Pasando la mitad del recorrido medito si desviarme o no hacia la plaza de toros. Un par de consideraciones me inclinan por el no.
Dado el horario, lamentablemente ya no vale la pena entrar al Museo del Prado ni al Jardín Botánico, ambos ya al final de mi recorrido.
Vuelvo al hostel y empiezan a preguntarme si salgo con ellos a la noche, que lo haríamos entre nosotros, algo menos de diez personas, sin guía sudamericano.
Contesto que los acompaño a cenar, pero no a salir porque mañana el no levantarme a horario implica perder un avión, lo cual derivaría en quedarme en Europa quién sabe hasta cuándo. Además de algún otro motivo más manejable.
Luego de elegir cada uno la cena, empiezo a hacer el pedido al mozo. En inglés. En Madrid.

- ...
- What is the best sport? -alguien le pregunta a Steve.
- Well, to watch, basketball. To play, football. Soccer football. And don't say a word, you like cricket. Cricket ***** -mirando a Ross.
- ...
- What about the worst one? I know which is the worst one, even worse than cricket. I can't remember the name... It is played with a stick, which has a net at the end. They have goals too, like the soccer ones. It's played at Universities in the States.
- ...
- Lacrosse!
- Yeah, that ****.
- ...

Mientras esperamos la comida uso los individuales de papel para intentar explicarles a las que saben algo de español las diferencias en las conjugaciones entre los distintos países angloparlantes. Me miran como si les estuviera hablando de transformadas de Laplace. Comprensible considerando que le cuesta a muchas personas con castellano nativo.
Compro algunas cosas, porque me olvidé varias en Barcelona, y al llegar al hostel les digo que los acompaño en la salida.
Caminamos en el sentido que lo hicimos anoche, y alguno pregunta por el pub irlandés. Parece una idea razonable, por lo que hacia allí vamos.

- Hey Ross! Your passport!
- What?
- Your passport! You have a discount here!

No termina el chiste y el sujeto de la puerta ya tiene un pasaporte en la mano.
No es muy grande, tiene mesas muy altas que los clientes usan como barras, televisores encendidos pero sin sonido, y por supuesto música británica.
Elegimos distintas cervezas y continuamos con las charlas culturales.
De repente Ross se exalta, y nos pide atención a todos señalando el televisor.

- Look! Look!

Están pasando el resumen de la fecha europea de fútbol. Cae un centro en el área y el atacante ensaya una chilena. Yerra a la pelota, destrozándole literalmente la cara a un defensor por el mismo precio. Luego muestran la tapa de un diario, con letras rojas de unos ocho centímetros: |I'M OK|. Me alegro.
Se suceden unas pocas horas, decidimos irnos, y haciendo un repaso rápido llego a una conclusión probablemente irrelevante. Para salir a tomar algo éste es el mejor lugar en el que estuve en mi vida. Es cerca de la Plaza del Sol, el nombre está en letras grandes, verdes. Excelente, todo. Considerando que a un mejor lugar no van a ir, saludo a todos y me voy a dormir.
Me pasé dos días intentando, y varias veces logrando, hablar en inglés. En Madrid.
Mañana inglés no, es seguro que no.

Google